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la brújula
El coleccionista de olivosLunes 26 Septiembre 2011
“A unos les da por reunir sellos o mariposas y a este sevillano, de 75 años, por levantar un museo con 130 variedades de olivos, algunos traídos desde Tierra Santa. Dueño de Acesur, el mayor grupo aceitero de capital español, Juan Ramón Guillén ha sido pionero hasta en inventar el primer champú. Hoy erige una fundación consagrada al olivar en una hacienda que fue del hijo de colón.
Se ha traído ramas, semillas y esquejes hasta ocultos en el equipaje, trotamundos y sabueso prendido de su pasión aceitunera. Como la variedad nabali, raro olivo que llegó de tapadillo desde las áridas tierras palestinas. No sería delito. Ni venial pecado. Desde el diluvio de Noé, en cada rama de este árbol resistente y rentable siempre viaja la paz. “Alguno ha llegado aquí medio de contrabando, ja, ja, ja”, atruena la risa guasona entre las veredas de su museo vivo, su olivoteca, su sueño hecho troncos retorcidos. Los hay sirios, de nombre exótico: elet, serat, treleia, musabi, ebali. Los hay de cuna española, más próximos, fue fácil reunirlos: lucio atarfe, gordal, reques, luneta, alfafareca, empaltre, verdial y muchos más. “Mira, este italiano se llama ‘huevos de pichón’ por la forma de sus aceitunas”, detalla en su paseo Juan Ramón Guillén (La Roda, Sevilla, 1935) cual mecenas que enseñara una personal y secreta galería de obras de arte, donde no hay bodegón ni naturaleza muerta, sino una selección palpitante, enramada. Habla profundo Juan Ramon (el cine perdió un impagable actor de doblaje) bajo le débil sombra del frantoio y el cipresino, ambos italianos altivos. Más allá parecen escucharle al ouslati y el chetoni, donde ondearía la enseña de Túnez. Siempre hay favoritos: “La variedad koroneiki es de Creta y da el mejor aceite que puedas probar. Vale unos 12 euros la botella”, desliza secretamente. Como hijas silvestres, son más de 130 las variedades las que componen su muestrario. Proceden de remotos páramos. Y de tierras yermas que aguantan seguías y guerras. Las hay hasta del Monte de los Olivos donde oró Cristo antes de traición y prendimiento. Devoto, Guillén resucita ejemplares casi extinguidos, caso del acebuche blanco que ofrece una nívea maduración de su fruto, o la rapazalla de Carmona, oliva tan rosada como excepcional. Para que creciera la peculiar colección, Guillén encontró el terreno óptimo hace 20 años en la Hacienda de Guzmán (La Rinconada, Sevilla), finca de 425 hectáreas que linda con el aeropuerto hispalense y casi con la vecina Cruzcampo. Se la compró al Banco Hispanoamericano (que descanse en paz). Allí imagina- y se mancha los zapatos a pie de obra- levantar el mayor centro de interpretación de aceite de oliva del planeta; Allí quiere que resida el epicentro mundial de la cultura del árbol más productivo de España; allí ha plantado iteralmente su olivoteca; allí ha puesto en marcha una fundación que será su testamento (...)”. FUENTE: Extracto de “En los dominios de Juan Ramón Guillén – El coleccionista de olivos”, firmado por Javier Caballero y publicado en el Magazine El Mundo, nº 614, 3 julio 2011. Fotografía de Chema Conesa.
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